A lo largo de su vida, si uno trabaja (es decir, si no tiene varias hectáreas sembrando soja), se va a encontrar con diversos estilos de jefes, o en su defecto, directores, coordinadores y algún otro eufemismo. En mi corta experiencia laboral (soy muy joven, no como ustedes) he sistematizado cuatro especies.
El jefe malo: que es lo mismo que mal jefe. Es el que activa a sus subordinados a través del miedo. No se lo ve nunca, solo cuando tiene que cagar a pedos al personal, ahí grita, insulta, se enoja. Nadie puede osar pisar su oficina ni llamarlo directamente, solo su secretario privado. Todos trabajan y cumplen con sus labores por temor al castigo, es decir, es un jefe eficiente, pero que no haya un quilombo o problema gremial porque ahí estalla toda la bronca junta y capaz que le prenden la oficina (con él adentro, seguramente).
El jefe bueno: tampoco podría ser considerado un buen jefe. Es permisivo, democrático, no atemoriza a sus empleados, sino que habla y trata de consensuar todo, también toma mate y come con ellos. Así, los trabajadores se relajan un poco y tardan en cumplir con sus tareas. O sea, podrá no ser muy efectivo, pero siempre va a tener la gratitud y el reconocimiento de los demás.
El no-jefe: suelen ser designados de emergencia, como interines, aunque a veces se quedan más de la cuenta. Tal vez fueron compañeros nuestros, esos que eran una maquinita y olfas de la gestión. O sino es muy probable que sean una mujer recién recibida de sus postgrados. Cuadritos técnicos que saben cómo hacer todo, todo lo que no sea política y relaciones humanas. Es decir, todos los protocolos y procedimientos a la orden del día, lo social, cero. Y así, como esta gente no tiene cintura ni trato no confía en los demás, termina haciendo todo solo, tardando más de la cuenta, sobrecargándose, sin delegar nada, solo lo superfluo. Luego se quejará a solas de que hace todo y sus empleados nada para terminar renunciando o tomándose unas vacaciones anticipadas.
El jefe de rol: esta persona entendió el concepto. Sabe que cumple un rol y lo interpreta, como en un juego o una actuación. Habla con vos, toma mate, te saluda todos los días, pero casi siempre está en su oficina, y desde allá te llama. Te pide las cosas, bien, pero uno sabe que es una orden. Y si se tiene que enojar se enoja, y te va a cagar bien a pedos, hasta pegando unos gritos, y uno se va a cagar en las patas aunque sabe que está actuando, porque hasta hacía dos minutos te estaba cargando porque su equipo le ganó al tuyo o te había contado una anécdota graciosa mientras cebaba mates. En horas de trabajo inspira respeto y un poco de temor, pero después es un amigo más al que se le puede palmear la espalda y llamarlo por el diminutivo de su nombre.
El jefe malo: que es lo mismo que mal jefe. Es el que activa a sus subordinados a través del miedo. No se lo ve nunca, solo cuando tiene que cagar a pedos al personal, ahí grita, insulta, se enoja. Nadie puede osar pisar su oficina ni llamarlo directamente, solo su secretario privado. Todos trabajan y cumplen con sus labores por temor al castigo, es decir, es un jefe eficiente, pero que no haya un quilombo o problema gremial porque ahí estalla toda la bronca junta y capaz que le prenden la oficina (con él adentro, seguramente).
El jefe bueno: tampoco podría ser considerado un buen jefe. Es permisivo, democrático, no atemoriza a sus empleados, sino que habla y trata de consensuar todo, también toma mate y come con ellos. Así, los trabajadores se relajan un poco y tardan en cumplir con sus tareas. O sea, podrá no ser muy efectivo, pero siempre va a tener la gratitud y el reconocimiento de los demás.
El no-jefe: suelen ser designados de emergencia, como interines, aunque a veces se quedan más de la cuenta. Tal vez fueron compañeros nuestros, esos que eran una maquinita y olfas de la gestión. O sino es muy probable que sean una mujer recién recibida de sus postgrados. Cuadritos técnicos que saben cómo hacer todo, todo lo que no sea política y relaciones humanas. Es decir, todos los protocolos y procedimientos a la orden del día, lo social, cero. Y así, como esta gente no tiene cintura ni trato no confía en los demás, termina haciendo todo solo, tardando más de la cuenta, sobrecargándose, sin delegar nada, solo lo superfluo. Luego se quejará a solas de que hace todo y sus empleados nada para terminar renunciando o tomándose unas vacaciones anticipadas.
El jefe de rol: esta persona entendió el concepto. Sabe que cumple un rol y lo interpreta, como en un juego o una actuación. Habla con vos, toma mate, te saluda todos los días, pero casi siempre está en su oficina, y desde allá te llama. Te pide las cosas, bien, pero uno sabe que es una orden. Y si se tiene que enojar se enoja, y te va a cagar bien a pedos, hasta pegando unos gritos, y uno se va a cagar en las patas aunque sabe que está actuando, porque hasta hacía dos minutos te estaba cargando porque su equipo le ganó al tuyo o te había contado una anécdota graciosa mientras cebaba mates. En horas de trabajo inspira respeto y un poco de temor, pero después es un amigo más al que se le puede palmear la espalda y llamarlo por el diminutivo de su nombre.





